26 de Marzo – Reflexión de Cuaresma

26 de marzo

Juan 5, 31-47

Hay otro que testifica en mi nombre. (Juan 5, 32)

Los líderes religiosos quieren matar a Jesús. No solo ha curado a un hombre en el día de reposo, sino que al llamar a Dios su Padre, se está «haciendo igual a Dios» (Juan 5, 18). ¿Quién es Él para hacer tal reclamo? Pero Jesús señala que no solo Juan el Bautista sino las Escrituras y sus propias obras dan testimonio de quién es Él (5, 33-36). Luego, dice que su Padre celestial testifica en su nombre. El problema es que estos líderes religiosos «nunca han escuchado su voz» (5, 37).

Hemos escuchado la voz del Padre testificando quién es Jesús, tanto a través de las Escrituras como de la Iglesia. ¿Pero lo escuchamos testificar quienes somos? En el curso de nuestra vida cotidiana, su voz puede ser ahogada por otras voces, quizás por nuestros propios pensamientos de condena, las demandas de la vida o las tentaciones del diablo. Así que tomemos un tiempo hoy para imaginar a nuestro propio Padre celestial que nos habla:

«Eres mi hijo amado; te amo incondicionalmente. Así como llamé a Jesús mi ‘Hijo amado’, tú también eres mi hijo amado (Mateo 3, 17) Estoy contento contigo. Te he creado por amor, y me traes mucha alegría, simplemente por quién eres.

«Eres mi hijo redimido; te he salvado del pecado. Sé cómo a veces te cuesta creer que te he perdonado. También sé lo fácil que puede ser permanecer encerrado en la culpa o la vergüenza. Pero quiero que creas que mi misericordia es por ti. Así que cuando te preguntes si realmente te he perdonado, recuerda que he muerto por amor a ti.

«Eres mi hijo atesorado; Tienes un futuro lleno de esperanza. Puede ser fácil pensar que las cosas nunca cambiarán o preocuparse por los problemas. No quiero que estés ansioso. Cree que todas las cosas funcionarán para tu bien y continúa depositando tu esperanza en mí «. Estas son verdades que no cambian. Así que, especialmente cuando te sientas indigno, desanimado o tentado a creer las mentiras del diablo, deja que tu Padre testifique quién eres y qué ha hecho por ti. Deja que su testimonio sea la verdad a la que te aferras:

«Padre, creo que soy quien dices que soy».
Éxodo 32, 7-14 Salmo 106, 19-23
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