Comentario de 30 de Diciembre

 

Es una fecha especial dentro de otra fecha especial, es llamativo que dentro de la Octava de Navidad encontremos, además del Nacimiento del Redentor, también el martirio de Esteban, la inclusión del discipùlo amado a la familia de la Madre de Jesús y luego ese sacrificio colectivo de los Santos Inocentes, e inmediatamente después se ensalza a la Sagrada Familia.

Si lo pensamos un poco, es una línea muy clara. La encarnación y la salvación no es algo como un dulce o una hermosa fiesta en el que todo siempre será placer y diversión. Hay hechos claros que prueban la necesidad de un esfuerzo para conseguirlo, y dentro de esta misma línea se dan los parámetros para lograrlo.

Pero, algunos me dirán que Jesús ya nos salvó, y que nosotros simplemente somos santos y salvados. Pero la verdad no es así. Pongamos un viejo ejemplo, pero transportado a nuestras épocas digitales. Cuando a alguno de nosotros nos llega un correo electrónico, la aplicación nos muestra una notificación, pero lo pasamos por alto. Sabemos que viene de una persona conocida; además, se nos ha dado la garantía de que no es un spam y que no hará daño a nuestra computadora, pero, como sea, decidimos no abrirlo. Entonces, hemos recibido el correo pero no lo hemos aceptado, por eso, lo que trae ese correo no es para nosotros, así tenga todos nuestros datos en la portada y esté allí para que lo tomemos. Algo así es el evangelio y la salvación de Jesucristo: está allí, con nombre y apellido para nosotros, pero somos nosotros quienes decidimos no abrirlo, y al no abrirlo no nos salvaremos.

Pero, las cosas son muy extrañas con nosotros los humanos. Nos llegan muchos otros correos, sin confirmación, incluso están en la carpeta de spam, pero aún así los abrimos y tomamos lo que trae, sin importar lo que sea; a veces, sin que nos demos cuenta, un virus ha inundado nuestra computadora y la ha dañado, aunque no siempre de un sólo tirón, a veces la daña muy lentamente.

 

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Dios,

¡cuánto anhelo conocerte!

¡Cuánto anhelo permanecer puro en mi búsqueda de ti! Cuando soy fuerte, estás tú a mi lado.

¡Contigo puedo hacer cualquier cosa!

Te necesito, Dios, para ayudarme a  mantener mi corazón con tu corazón.

Siempre necesito orar y mantenerte en el centro de todas las cosas, para permanecer fiel a la forma en que quieres que viva.

Quiero adorarte con la totalidad de mi vida, para ser una ofrenda para ti.

¡Gracias Dios por no abandonarme! ¡Gracias por cubrirme de alegría, por darme otro día para alabarte! Amén.

1 Juan 2: 12-17 Salmo 96: 7-8, 8-9, 10 Lucas 2: 36-40

 

Sagrada_Familia_(Francisco_Bayeu)

 

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