La Monja que Desapareció


Cuando la ciudad se convierte en una «gran ciudad» es normal que las autopistas empiecen a proliferar. Grandes construcciones de cemento y metal cubren los campos en pos de velocidad. En esas carreteras empiezan a caminar los trotamundos, que piden aventones a los vehículos que circulan por allí. Carreteras que conducen a lugares extraños y calles cubiertas de edificios gigantes. Perdidos en la gran ciudad….

Las leyendas y los cuentos nos dicen que por las rutas de Chicago y de todo el estado de Illinois, además de los vagabundos vivos, también están los vagabundos que están en otros planos, pero de igual manera, piden que los conductores los lleven a alguna parte.

Hay una historia en particular muy extraña y tenebrosa, que data de tiempos de la Segunda Guerra Mundial. Era diciembre de 1941. Un taxista estaba una noche circulando por el centro de la ciudad, tal vez con la esperanza de encontrar una cliente entre los compradores navideños restantes. Pero no fue así, más bien fue una monja quien lo paró, ella estaba sola en la acera oscura, quieta contra los remolinos de copos de nieve blancos y las coloridas luces de Navidad. La monja se subió al asiento trasero del taxi y le indicó al conductor el destino de su viaje. La dirección era un lugar bastante aislado en el extremo suroeste de la ciudad. El conductor sabía donde llevarla y regresó al tráfico. Mientras los dos viajaban juntos, escucharon la radio y discutieron las recientes e impactantes noticias sobre la invasión de Pearl Harbor. El taxi se abrió paso a través de calles suburbanas que eran cada vez más oscuras y silenciosas. Finalmente, en una carretera prácticamente desierta, la monja ordenó al conductor que diera vuelta. Estaba sorprendido: ni siquiera había notado el desvío, que estaba casi completamente oscurecido por la vegetación. «Este es el camino de entrada», explicó la religiosa, cuando atravesaron la maleza y descubrieron un camino largo y pavimentado que conducía a través de los árboles hasta un enorme edificio de piedra. El taxista se volvió hacia el asiento trasero para decir algo en respuesta y fue sorprendido con la conmoción de su vida. El asiento de atrás estaba vacío. La monja había desaparecido. Sin saber qué más hacer, el hombre tembloroso condujo hasta el frente del edificio, que pronto descubrió que era un convento. Fue a la puerta para preguntar por el pago de la carrera, y era tan notoria su angustia que las monjas lo llevaron de inmediato al interior. Dentro del convento, había un muro dedicado a retratos bellamente enmarcados de varias monjas. Mientras el taxista relataba su extraña historia a la madre superiora, su mirada se fijó en las imágenes. Inmediatamente, reconoció una de las caras amables. «Esa es ella!» exclamó. «¡Esa es la monja que estaba en mi taxi esta noche!» La madre superiora se volvió hacia la foto que señalaba el taxista. Un poco sorprendida respondió: «Eso no puede ser». Luego le explicó suavemente al hombre que la monja que había estado en su taxi había muerto hace más de diez años. El espíritu de la hermana había querido irse a casa y, aparentemente, encontró paz al hacerlo. Porque, con la excepción de esa extraña noche de diciembre, no ha habido informes de que esa monja vuelva a necesitar un aventón.

De estas historias no hay pocas. Es gigante el bagaje de cuentos y leyendas de taxistas y conductores nocturnos, que cuentan como un muerto se subió a su auto y que luego desapareció. ¿Quien está vivo, y quien está muerto? Miles de personas en las calles y carreteras, y solo vemos su superficialidad y no su fondo.

La monja salió por Navidad y regresó a su convento…

Chicago
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