Maui, El que atrapó al Sol

Maui es (fue) un héroe para nada convencional. De seguro Hollywood, si quiere hacer una película sobre él, tendrá que cambiar sus parámetros para escoger al actor. Era muy bajito de estatura y con una cara única por la que se le podría decir: feo. Con una barriga muy amplia, cuello estrecho y brazos cortos. era tan feo, que al nacer, su madre lo arrojó al mar.

Pero lo que tenía de feo también lo tenía de astuto, no por nada era descendiente de los dioses embaucadores, por esa razón, luego fue adorado por los polinesios como el mayor de esos dioses. Sí Señor. El dios Tama-hui-ki-rangi lo salvó de ahogarse en el océano. Salió del mar y se fue a la gran asamblea en donde sus hermanos estaban siendo bautizados en una enorme fiesta. Estaba toda la familia, toda la tribu en realidad; y bailaban, bebían y comían los mas sabrosos manjares. Este ambiente festivo fue abruptamente destrozado por la aparición del pequeño y mojado héroe. «¿Quién eres tú?» preguntó su madre. «Soy tu hijo», respondió Maui, bastante enojado. «¡Imposible!» respondió la madre. «Te arrojé en el momento en que naciste». «Eso no importa, he vuelto», replicó Maui. «Y estaría agradecido si serías tan buena como para bautizarme en lugar de tratar de tirarme de nuevo». Entonces el padre de Maui dio un paso adelante. «¿Cómo sabemos que eres quien dices que eres?», preguntó.» No te pareces a tu hermanos, podrías ser el hijo de cualquier hijo de vecino». Maui sonrió maliciosamente. «Puedo probarlo», dijo, mientras caminaba hacia donde estaban sentados sus cuatro hermosos hermanos, gorgoteando como los bebés normales.» Este se llama Maui-taha», continuó señalando. «Este es Maui-roto. Él es Maui-poe. Y él es Maui-waho». Su madre se sorprendió y preguntó: «¿Cómo lo sabes?». «Pasé nueve meses en el mismo útero que ellos», espetó Maui. «¡Sé sus nombres!» Cuando escucharon esto, sus padres se vieron obligados a aceptar que era su hijo perdido. Su padre le arrancó las algas de la oreja y le dio una toalla. Su madre se disculpó por arrojarlo al mar. Y con el simple nombre de Maui, el pequeño feo fue recibido en la familia.

Durante los años siguientes, Maui tuvo muchas aventuras. Otro antepasado suyo, una ancestro, de hecho, llamada Muri-ranga-whenua, le dio una quijada mágica y nunca fue a ninguna parte sin ella. Al usar la quijada mágica que fue capaz de pescar a toda la isla de Nueva Zelanda y dejarla sobre el mar, aunque una vez que la tenía en la superficie, sus hermanos insistieron en cortarla. Naturalmente, no pudieron hacerlo y es por eso que hay tantas montañas en Nueva Zelanda y tantas islas de formas irregulares a su alrededor. Maui también inventó la cometa, la anguila y las lanzas de pesca de púas que los polinesios todavía usan hasta el día de hoy. También separó por sí solo la tierra y el cielo (que estaban pegados en ese momento), levantando el cielo como un atleta olímpico con una campana.

Pero quizás su hazaña más extraordinaria, que es el tema central de este mito, fue la captura del sol. La aventura comenzó una tarde, justo cuando el sol se estaba poniendo. Él y sus hermanos habían salido a pescar, pero a medida que avanzaba la oscuridad, se vieron obligados a regresar a casa. En esas épocas no había linternas que funcionen a batería, ni siquiera había gas y mucho menos electricidad.

«Si solo el sol se quedara más tiempo», dijo Maui, «todos estaríamos mejor». Apenos lo dijo y un pensamiento brotó en su fina mente. «¡Oye!» gritó. «¿Por qué no lo atrapamos?» Sus hermanos lo miraron muy sorprendidos. «No podemos», dijo uno. «Está demasiado lejos.» «Y demasiado grande», agregó un segundo. «E incluso si lo atrapamos moriríamos quemados», murmuró un tercero, «Es imposible», acordó el cuarto. «¡Disparates!» refunfuñó Maui. «Estás hablando con el hombre que sujetó Nueva Zelanda y levantó el cielo. ¡Por supuesto que podemos hacerlo!»

Durante la semana siguiente, los cinco hermanos trabajaron, girando y retorciendo cuerdas para formar el lazo con el que atraparían al Sol. La técnica que usaron para hacer la cuerda fue la siguiente: trenzado el lino en largos y gruesos de forma cuadrada, fue otro invento que todavía se encontrará utilizado en la Polinesia. Se llama tua-maka. Por fin, cuando la cuerda estuvo lista, se pusieron en marcha. Viajaban solo de noche para que el sol, escondido bajo el horizonte, no los viera venir. De día se escondían en el desierto, durmiendo bajo arbustos o cubriéndose con una capa de arena. Durante varios meses viajaron y de esta manera finalmente llegaron al extremo más oriental del mundo, allá donde nace el Sol. Una vez allí, trabajando siempre bajo la supervisión de Maui, construyeron una enorme pared de arcilla con dos cobertizos, uno en cada extremo. Los cobertizos eran para que los cuatro hermanos se escondieran para que el sol no los quemara. La soga se desempacó y colgó sobre la pared para que colgara en el espacio exterior, justo debajo del mismo mundo. Maui tomó su lugar, de pie en el centro del mundo. Y así preparados, esperaron. Llegó el amanecer y el sol desprevenido comenzó a ascender. «Ya viene», susurró Maui, con un brillo intenso en sus pupilas. Los hermanos, escondidos en sus cobertizos, apretaron los puños en los extremos de las cuerdas. El Sol se puso a la altura de la pared. «¡Ahora!» gritó Maui y deslizó el lazo sobre él. De inmediato el sol sorprendido intentó retroceder. Brillantes llamas explotaron a su alrededor, desgarrando la tela azul marino del universo. Los meteoritos ardientes cayeron en cascada en furia apocalíptica. Si Maui hubiera sido un humano ordinario, se habría agotado. Pero cuando el furioso calor del sol lo atravesó, se rió y tiró de la cuerda aún con más fuerza. La soga se apretó. El sol estaba atrapado. «¡Ahora te enseñaré, viejo bribón!» dijo riendo Maui. Y, levantando su quijada mágica, golpeó al sol media docena de veces. «¡Aaayyyy!» gritó el sol. «¡Aguanten!» Maui le gritó a sus hermanos, porque las cuerdas se sacudían hacia arriba y hacia abajo como una serpiente. Una y otra vez golpeó al sol con la quijada, salían chispas gigantes a cada golpe.

«¡Para!» gritó el sol. «¿Que te he hecho?» Pero Maui estaba fuera de sí, la emoción tan intensa rompía toda cordura y no escuchó. Por fin se cansó y decidió liberar al Sol. Al bajar de la pared, ordenó a sus hermanos que permitieran que la soga se abriera nuevamente. El sol se escapó y continuó su ascenso. Pero no era el mismo sol que había rodeado la tierra en siete horas y media. Ahora estaba magullado, golpeado y desconcertado, bastante agotado por los golpes que había recibido de las manos de Maui. A partir de ese día, tomó veinticuatro horas hacer el viaje de ida y vuelta, doce horas de horizonte a horizonte. Porque Maui no solo había tomado el sol. También le había quitado la luz del día.

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