La Serpiente Cheyenne

Leyenda Cheyene

En las hermosas y solitarias llanuras de América del Norte, por todas esas zonas en que se termina el vergel y comienza el desierto, habitaban  los Cheyene, una tribu de nativos guerreros y cazadores.

Uno de esos días soleados del verano, dos hermanos de esta tribu, caminaron sin darse cuenta que se perdían en la inmensidad de la sabana. En un momento se vieron rodeados de hierba y más hierba, y era solo el viento quien la ondeaba.  Tenían un poco de agua, tal vez para unos cuantos días y no más de eso, pero nada de comida.

El hermano menor se fijó que a unos cuantos pasos de donde se encontraban, había un huevo. Se quedó pasmado por su tamaño, era gigante; era imposible que una gallina haya puesto ese huevo ya que le doblaba en tamaño. “Esto nos alcanzará para una semana” dijo. El otro hermano se puso escéptico ante tal aseveración y se lo dijo a su hermano  menor: “No me parece que nos sea útil, se ve que es venenoso”.

Es que realmente era un huevo extraño; era de color verde brillante y moteado de unas manchas rojas escarlata, y grande muy grande. “Esa cosa puede ser una trampa o un monstruo” dijo el hermano mayor. El menor no tomó en cuenta esas palabras y se puso a armar una fogata; en seguida ya lo estaba asando y un momento más ya se lo estaba comiendo. “Ven y conmigo que esto está delicioso” dijo mintiendo, porque no quería comer solo esa pasta rosácea con verde oscuro que realmente tenía un sabor horrible. Pero no podía dejar de comerlo, quizás por el hambre o por cualquier otra razón, simplemente no podía dejar de comerlo. “No me gusta esta situación” comentó el hermano mayor, esto nos traerá problemas”.

Llegó la noche se acostaron a dormir. A la mañana siguiente, el menor se despertó verdaderamente sediento, se avalanzó al botellón de agua y se lo acabó un tiro. “Estoy sediento” dijo, “Y necesito más agua”. El mayor lo miró y se sorprendió al decir: “¡Estás verde!” “Tienes los ojos hinchados y son rosas” “¿Estás bien?” le preguntó.

“realmente no, hermano, tengo náuseas y tengo mucha sed, con agua me pasará”, respondió el hermano menor.

Caminaron y caminaron y mientras tanto, el verde se había decorado con manchas rojas que cada vez se hacían más rojas. El pelo se le caía mientras su cabeza empezaba a brillar del verde que se apoderaba de todo su cuerpo.

“Hermano, tenías razón, fue estúpido comer ese extraño huevo” “Me siento terrible, pero es por la sed, cuando beba un trago de agua estaré mejor”.

Caminaron aún más y el sol se puso y llegó nuevamente la noche. A la mañana siguiente el menor estaba aún peor. Sus brazos estaban como pegados a su cuerpo que se estaba volviendo viscoso. El verde era escamoso y las manchas estaban muy intensas. Tanto caminar que llegaron a un río. El menor decidió dormirse en el río, mientras que el mayor se quedó dormido junto a una fogata en tierra firme.

Al despertar el hermano mayor, miró que junto a la fogata había mucho pescado para comer. El ruido del río le hizo voltear y vio a su hermano revoloteando en el agua, aunque en realidad ya no era su hermano, era una enorme serpiente.

“Oye, hermano mayor, yo te doy pescado, pero tú tráeme comida de verdad” “Ahora soy una serpiente y no quiero comer pescado” Y seguía hablando entrecortado y se volvía difícil entenderlo, pero al final dijo “Hermano, acuérdate de mí, y tráeme también tabaco, lo voy a necesitar.

De esta leyenda surgió la costumbre de los Cheyene de arrojar comida y tabaco en el gran río antes de cruzarlo. Su hermano, así como la tribu, nunca olvidaron al cheyene serpiente…

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