El Rey Mono


En la milenaria China y hace muchos e incontables años, surgió una de las leyendas más hermosas de su gran cultura. Un mono que se llamaba Sun Hou-tzu, sí, muy parecido a Sun-Tzu, el gran general del Arte de la Guerra. Pero no era él, para nada. Este mono, nació de un huevo en lo más alto de una montaña de oriente, allá donde el océano termina pero el sol renace.

El mono era muy inteligente y se ganó la estima de un poderoso mago, que le enseño todos sus secretos. El mono lograba con sus artes cambiar de aspecto, y lo hacía a setenta y dos formas diferentes, y sus habilidades físicas las mejoraba espectacularmente; llegaba a saltar hasta cincuenta y ocho mil kilómetros ¡Impresionante!

Será justo decir que el mono mago no era un criminal, hacía lo suyo, pero se ganaba honradamente la vida. Un día decidió organizar a su especie, y logró reunir a todos los monos formando un gigantesco ejército, y todos fieles a una sola meta: la paz. Es por eso que los monos no pelean entre sí en grandes batallas.

Cuando se tiene ese poder, cuando se logra tan grande poder, a veces, el orgullo llena la cabeza del más equilibrado, y así sucedió con Sun Hou-tzu. Empezó a creerse todopoderoso y en sus ínfulas robó la espada del Rey Dragón del Mar de Oriente. Empezó a beber alcohol hasta emborracharse y quedarse dormido, y cuando despertó estaba en el infierno; luchó con su espada y mató a los dos demonios que lo custodiaban y borró de un tajo su nombre del libro de los muertos. El mono mago se volvió inmortal, entonces fue enviado al cielo para cuidar los establos; allí permaneció un tiempo, pero su mente divagante hizo que se aburriera pronto; escapó rompiendo las paredes del mismo cielo y se fue con destino la Tierra. La furia de los dioses fue estruendosa, y ordenaron a sus ejércitos encontrarlo. El mono mago luchó y engañó. Cambió setenta y dos veces su forma y hasta saltó cincuenta y ocho mil kilómetros, pero no pudo escapar de la ira divina y fue atrapado. Se le juzgó a la velocidad de los dioses y allí mismo fue condenado a muerte.


Sin embargo, Sun no podía morir, por eso lo condenaron a ser fundido en un gran horno, y el único horno capaz de hacerlo, pertenecía al mago Laozi. Este mago encendió el horno a todo su poder que hasta de lejos calentaba mortalmente, y allí lo arrojó y cerró la tapa. Laozi miraba el horno con asombro y al día cuarenta y ocho se retiró del lugar a descansar; Al día cuarenta y nueve Sun levantó la tapa y se fue enfurecido a tomar su espada. «Soy el Rey del Cielo» dijo, «Y mataré a todos los que allí viven» juró.

El Regidor del Cielo, el Augusto Rey de Jade estaba muy preocupado, no podía matar al mono y tampoco encarcelarlo. Buscó consejo y meditó mucho, y decidió enviar a un personaje poderoso para poder controlar al mono. Tendría que ser el más poderoso de todo el universo, y ese sólo podía ser el Buda.

El Buda muy prudente y pacífico, se acercó al mono, y en un tono bondadoso y amable le preguntó:»¿Por qué haces tanto problema?. «Es que quiero ser el Rey del Cielo» respondió Sun.

«¿Crees que estás listo para eso? ¿Tienes la capacidad suficiente?» Volvió a preguntar el Buda, con una suave respiración de paz.

«Soy el mago más poderoso del universo» respondió el mono. «Soy tan poderoso que puedo saltar cincuenta y ocho mil kilómetros de un tiro» «¿Acaso tú podrías hacer eso?»


«¿Te crees más poderoso que yo?», Preguntó el Buda. «Veamos, entonces. Mi pequeño amigo. Muéstrame qué tan lejos puedes saltar. Pero para demostrar que realmente vas tan lejos como dices, escribe tu nombre en el suelo cuando llegues allí». Entonces el mono respiró hondo, se agachó y con todas sus fuerzas saltó al aire. Fue un salto fantástico. Se elevó hacia el cielo, atravesó las nubes y continuó hacia el espacio exterior, pasando los planetas, saliendo del sistema solar y más allá de las estrellas. Finalmente aterrizó en medio de un gran desierto donde dos grandes trincheras se encontraron en el suelo frente a él. Nada creció durante miles de millas en ninguna dirección, pero pudo ver que el suelo estaba atado con una red de líneas, creando patrones intrincados mientras se cruzaban entre sí. Sun Hou-tzu no tenía idea de dónde estaba, pero estaba terriblemente satisfecho consigo mismo. Firmó su nombre en el suelo con una gran floritura y saltó hacia atrás de nuevo.

«No está mal: dijo el Buda». Pero estoy seguro de que puedes hacerlo incluso mejor que eso. ¿Por qué no vuelves a intentarlo? Y esta vez pon toda tu fuerza en ello.» «Muy bien», dijo Sun. Se hinchó tanto que parecía más una rana que un mono. Luego se apretó contra una pelota y finalmente se catapultó desde el suelo con sus patas como cohetes. Esta vez atravesó el universo tan rápido que se volvió borroso. No solo salió del sistema solar, sino que pasó los cinco pilares rojos que marcan el límite del mundo creado, hasta que aterrizó, esta vez en el borde de un acantilado perfectamente circular. Un precipicio blanco sobresalía justo debajo del suelo en el que se encontraba y debajo de eso todo era oscuridad. La altura casi lo mareaba. Pero aún así firmó su nombre mientras saltaba de regreso. «¡Ahí estás!», le dijo al Buda, incapaz de dejar de burlarse. «He demostrado que soy más poderoso, incluso que tú. ¿Podrías haber saltado tan lejos? ¡Por supuesto no! ¡Solo el mono, o sea yo, puedo hacerlo!»

«¡Miserable criatura!», Gritó el Buda, enojándose por primera vez. Extendió la mano. «Mira aquí el alcance de tu vanidad. Has firmado tu nombre dos veces en mi mano derecha. La primera vez que aterrizaste en mi palma, entre mi línea de la vida y mi línea del destino. La segunda vez llegaste hasta la punta de mi dedo índice y te paraste sobre mi uña. Mira dónde has dejado tu huella. ¡Es la evidencia de tus propias limitaciones!» Ahora el mono tenía miedo y comenzó a temblar. Abrió la boca para hablar, pero era demasiado tarde para las palabras. El Buda agarró a la miserable criatura y fue a encerrarlo en una montaña mágica, y allí permaneció hasta el día en que olvidó sus ambiciones y se dio cuenta de que aunque un mono puede gobernar el mundo, solo el Buda está en condiciones de gobernar el reino de los cielos.

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