El Juicio de Paris V

AFRODITA

La última diosa era nada menos que Afrodita. Ni más hermosa ni menos bella: fascinante y misteriosa. La diosa del Amor; ella con su faja mágica podía esclavizar a quien sea, su poder no tenía límites al igual que su belleza. Su nombre puede traducirse como seducción, como el amor furtivo de los sueños prohibidos o la dulce sonrisa de la pureza niña de los portales. Quizá la más envidiada del Monte Olivo, y la más sagaz en sus conquistas.

Estaba desnuda frente a París, y le recordaba todo el poder que en ella residía. La diosa esposa de Hefesto y de todo el inframundo, un dios repulsivo y odiado, que sin embargo era hijo de Hera. Detalles del Monte Olimpo que siempre guardan locuras de por medio. Afrodita era la nuera de Hera, pero ella no tenía padres, porque nació de una ola marina, y de entre sus espumosas aguas, traída por los vientos del oeste surgió a la vida, y fue arrojada a las costa de Chipre. Desnuda miraba a Paris, tembloroso ante tanta voluptuosidad; y también un poco asustado.

«Para la más hermosa», comenzó ella. «Yo creo que ya te has decidido, pastor. Puedo verlo por el rubor en tus mejillas jóvenes, la forma en que tratas de evitar mis ojos. Bueno, París, si eres tan sabio como guapo y eres muy guapo, tú sabrás qué hacer con esta preciosa manzana dorada». Mientras lo miraba con la seducción fulgurante continuó: «Te han ofrecido oro y poder. Ejércitos que te sirvan como a un gran rey, te han ofrecido un gran continente, y tal vez, si tal vez, algo de sabiduría, pero yo tengo algo mejor que todo eso junto. Tengo tu felicidad pendiendo de un hilo, tengo lo que más quieres en la vida: a Elena.» Con sus ojos fijos y coquetos lo miró más profundamente, sintiendo la emoción de Paris y le preguntó: ¿Quisieras que ella sea tu Esposa? ¿Te puedes imaginar a Elena junto a ti para siempre?

¿Elena? Preguntó Paris.

Si, Elena de Esparta, respondió Afrodita

¿Es tan hermosa como cuentas las historias? volvió a preguntar Paris

Es mucho más, mortal mío, respondió la diosa. Y antes que continúes, dijo, no importa que esté casada, `porque yo la traeré hacia ti.

Entonces, diosa mía, La Manzana es tuya. Y Hermes a la señal de Paris se la entregó a Afrodita. Hera y Atenas incendiadas de la ira se fueron al monte Gárgano para llorar su la pérdida.

Paris, sin poder ocultar la emoción, le preguntó a Afrodita ¿Es verdad que es muy hermosa?

Claro, es incluso más hermosa que yo, respondió la diosa del amor.

Háblame de ella, le pidió Paris, quiero saber más, mucho más.

Entonces Afrodita, con una sonrisa que mostraba mucho y a la vez ocultaba todo, le contó a Paris, sobre la mujer que pronto sería la causa de la guerra de Troya.

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