San Antonio y la mula

Un pecador empedernido no creía en el Santísimo Sacramento, y cerraba sus oídos a todas las doctas explicaciones de San Antonio.

Las razones y los argumentos del santo de Padua, por fin terminó por callar al impertinente, pero no por eso se entregaba a la verdad.

«Sí, veo que tienes razón, pero quiero que me lo demuestres. Menos palabras y más hechos. Si puedes probar, con un milagro, contando con todo el pueblo, que el Cuerpo de Cristo está realmente en la hostia consagrada, ¡yo abandonaré mis errores y me volveré católico!»

«¡Acepto!», dijo San Antonio de Padua, con la fe propia de quien cree en la omnipotencia y misericordia de su divino Maestro.

«Entonces procede… Tengo en mi casa una mula. Voy a encerrarla y dejarla sin comer por tres días, luego de ello la llevaré delante vuestro y de todo el pueblo. Ante ella colocaré avena en cantidad, y vos presentarás aquello que dices que es el Cuerpo de Jesucristo. Si el animal muerto de hambre, abandona la comida para ir de encuentro a ese Dios que, conforme dices, debe ser adorado por toda criatura, yo de todo corazón creeré en las enseñanzas de la Iglesia Católica».

Pasaron los días y llegó la fecha fijada. El pueblo vino de todas partes y llenó la gran plaza en la cual iba a darse la prueba. Todos esperaban con una expectativa fácilmente imaginable. Cerca de allí, San Antonio de Padua celebraba la Santa Misa en una capilla.

Y he aquí que surge el incrédulo, trayendo su mula y haciendo venir la ración preferida del animal. Una multitud de sus seguidores lo acompañaba seguro de su victoria.

En el mismo momento, saliendo de la capilla, San Antonio de Padua surgió con el Santísimo Sacramento en las manos. Un silencio enorme se hizo… y la fuerte voz del Santo cortó los aires:

«En nombre y por la virtud de tu Creador, que yo aunque indigno, traigo en mis manos, te ordeno, pobre animal, que vengas sin demora a inclinarte humildemente delante del Rey de Reyes. ¡Es necesario que esos hombres reconozcan que toda criatura debe someterse al Dios Creador, que todo sacerdote católico tiene la honra de hacer descender sobre el altar!»

Al mismo tiempo, se ofreció avena a la mula que estaba muerta de hambre…

¡Y el prodigio se dio!: El animal sin dar ninguna atención a la avena que le ofrecían, y atendiendo a las palabras de San Antonio, se inclinó al nombre de Jesucristo, dobló las patas y se postró delante del Sacramento de la vida, en señal de adoración.

Una jubilosa manifestación de los católicos tomó cuenta de la plaza, en cuanto los otros eran objeto de espanto y confusión.

El dueño de la mula, manteniendo la promesa que le hiciera a San Antonio de Padua, abandonó sus desórdenes y se tornó fiel hijo de la Santa Iglesia.

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