Arturo I

Sin el ánimo de contradecir a Godofredo, pero con el ánimo de contradecir a la matrix, debo decir que el mundo se acabó con Arturo; y éste gran rey subió a los cielos para iniciar un nuevo proyecto sobrenatural.

El tiempo empezó a pasar. Las cosas a envejecer. Los sueños se quedaron en tapetes de memorias; empezaron a llamarlos leyendas. Épocas en que la vida era un privilegio y una virtud, vivirla.

Merlín llevó al pequeño Arturo a su cabaña. El pequeño miró todas esas extrañas cosas. Símbolos de los más raros. Piedras y cráneos. Además de unos objetos lisos y extraños. En particular miró al fondo de la habitación, una espada muy hermosa, parecía que emitía luz por todos sus lados, y aún más, parecía que era la que iluminaba y a la vez rejuvenecía a la antigua cabaña.

Merlín sonrió suavemente, al mirar niño emocionarse con todos esos símbolos, pero más le animó comprender que Arturo había logrado ver la luz de la espada. Eso significaba que el muchacho estaba preparado para unificar al Reino.

Merlín le tomó de una mano y le indicó aquella espada -mira Arturo, esa hoja de luz simboliza lo que nosotros debemos ser. Limpios y brillantes. Es una espada, un arma, porque nuestra vida está llena de luchas que debemos vencer; pero no me entiendas mal, dijo Merlín, esas luchas no son destructivas, sino constructivas. Las luchas del alma que son de fuego, y que con fuego purifican el espíritu ¿Quieres emprender ese viaje?

Arturo calló un momento, y luego dijo -Merlín, yo quiero esa espada. Quiero poder luchar contra grandes enemigos. Quiero que esa luz ilumine mi camino. – Y lo hará, dijo Merlín, pero antes, debes merecer esa espada; ella viene de varias medidas, del tamaño de tus sueños. No será fácil, pero será posible.

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