Santa Brígida de Irlanda y el zorro del rey

En tiempos muy antiguos, en la Irlanda del siglo V o tal vez del VI, había una santa espectacular. Su nombre era Brígida. La leyenda cuenta, que cuando ella nació, los ángeles cubrieron los cielos de Irlanda, principalmente en la cabaña de su madre, a las estribaciones de las montañas Cooley

Los expertos la comparan con San Francisco de Asís, porque como él, la santa de Irlanda podía conversar con lo animales, y les animaba a hacer cosas dignas del mejor de los creyentes.

El rey tenía un hermoso zorro, que sabía hacer piruetas, que lo entretenía mucho. Toda la cohorte del rey disfrutaba de las actuaciones del zorro, un animal especial que debió ser entrenado por mucho tiempo, para lograr ser un saltimbanqui animal.

En una de las funciones del zorro, un esclavo por error golpeó muy duro al animal, y sin querer lo mató. El rey estalló en furia y ordenó que inmediatamente la pena de muerte del siervo. Brígida se levantó y pidió al rey misericordia para aquel hombre, porque, lo que había hecho fue producto de un accidente. El rey estaba enfurecido y no aceptaba explicaciones, sin embargo, Brígida le pidió pospusiera la sentencia por unas horas. Por tratarse de ella, que ya era considerada santa, el rey aceptó la petición.

Brígida salió sin perder tiempo hacia el bosque, y a su paso encontró a un zorro cualquiera. El animal al principio tomó precauciones y no quería entablar conversación, sin embargo, ante la insistencia de la santa aceptó escuchar. Amigo zorro, le dijo, tenemos un problema, un hermano nuestro está a punto de perder la vida, porque por accidente mató a uno de los tuyos, al zorro del rey. Yo te propongo que vayas conmigo ante el Rey y actúes para él. El zorro dubitativo, pero a la vez emocionado aceptó.

A las pocas horas, Brígida llegó con el zorro del bosque y lo presentó al rey. Aquí tiene Su Majestad, a un saltimbanqui aún más entrenado, dijo, y mostró al animal que no sabía nada de actuación. El zorro saltó al ruedo, y de forma impresionante hizo las piruetas acostumbradas y muchas más.

El rey se emocionó mucho, y ante el espectacular milagro y la intercesión de Brígida, perdonó al esclavo.

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