El tercer monje

Las historias de monjes se vuelven inmortales por sí mismas, y sus autores se pierden en la gloria de ser sacerdote entre lo popular de sus enseñanzas. Ya lo decía el cantautor Facundo Cabral, parafraseando a Manuel Machado: «Hasta que el pueblo las canta, las coplas, coplas no son. Y cuando las canta el pueblo, ya nadie sabe el autor. Procura tú que tus coplas vayan al pueblo a parar, que al fundir el corazón en el alma popular, lo que se pierde de nombre, se gana de eternidad…»

A continuación una de esas historias entre cuento y leyenda, o simplemente un mito que se emplea para entender un mensaje.

En una montaña, lejos del ruido citadino vivían tres monjes ortodoxos, dos ellos muy famosos por su santidad, y uno de ellos por su mala conducta. Un día uno de los dos monjes fue ante su maestro, un anciano monje que vivía aun más profundo en la montaña. Le hizo una petición: -Maestro, con tus manos téjeme un red. El maestro sin pensarlo respondió: -No lo haré.

Al día siguiente, el otro monje de los dos fue ante el maestro y le dijo: -Padre, sería muy hermoso tener una red hecha por tus propias manos, teje una, te lo pido. El maestro, nuevamente sin pensarlo respondió: -No lo haré

Al siguiente día, fue en busca del maestro el tercer monje, ese que tenía mala fama en su conducta y le dijo: -Maestro, yo se que no lo merezco, pero quisiera una red tejida por tus manos, ¿la podrías hacer para mí?. -Si, contestó enseguida el Anciano Monje, ven y siéntate conmigo, lo haremos juntos, y para la tarde estará lista tu red.

Asombrados los dos primeros monjes preguntaron a su Maestro: -Padre, ¿Por qué cuando nosotros te lo pedimos nos lo negaste? El anciano respondió: -Porque no tenía tiempo, y porque ustedes al recibir la negativa simplemente se fueron y seguían con alegría en el corazón, en cambio éste, se hubiese entristecido mucho pensando que es a causa de sus muchos pecados, y se hubiera roto nuestra conexión de maestro y discípulo.

Mi misión como maestro es encender la llama del amor y la alegría en las almas, no apagarla sino avivarla, sentenció el anciano monje (c.f. II Corintios 2, 7).

tres monjes p 1

(C.f. Patericul, ediția a IV-a rev., Editura Reîntregirea, Alba-Iulia)

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