San Francisco y el Sultán

Historia de sobra conocida en los estamentos cristianos y musulmanes. Cada uno contándolo a su manera; y está bien, debemos encontrar lo maravilloso de este acontecimiento, que sobrepasa el mero interés histórico, convirtiéndose en una anécdota de un valor inconmensurable de espiritualidad.

Las cruzadas pasaban un momento crítico cuando corría el año 1219, las tropas musulmanas tenían rodeadas a las de los cruzados del cristianismo. El sultán ayyubí Nasiruddín Malik al-Kamil (1180-1238), nada menos que sobrino del famoso Saladino, era quien comandaba las tropas sarracenas.

Francisco, siempre opuesto a las guerras, sabía que todo se gana con amor y decidió ir al frente. Pidió los permisos respectivos y junto a uno de sus hermanos se fue para esas tierras. Una vez allí, el poverello de Asís se sintió muy mal por las malas costumbres de las tropas cristianas.

Era el cardenal español Pelagio Galván, delegado pontificio, y que además no quería que Francisco acudiera al Sultán, pero el santo de Asís insistía en que debía hacerlo. Hubo una matanza de seis mil cruzados, y solo ante eso el cardenal accedió dejar a Francisco ir hacia el sultán, pero a su cuenta y riesgo, en caso de que los musulmanes le hicieran algo, nada tendría él que ver.

san-francesco-e-il-sultan interEntre el pueblo musulmán el el sultán Mailk al-Kamil era muy querido. Tenía fama de bondadoso y ecuánime, pero era muy duro con los cristianos que lograba atrapar. Y con todo ese conocimiento, Francisco y su amigo el hermano Iluminado, se fueron internando en aquel desierto, resueltos a los que sea.

Mientras avanzaban gritaban: ¡Sultán! ¡Sultán! Los soldados moros los capturaron y los llevaron ante su líder, y allí Francisco le dijo: «No temas, no son los hombres los que me han enviado, sino el mismo Dios Todopoderoso». El Sultán estaba un poco escéptico y no creía y un simple mendigo podía ser quien decía ser, pero aún así, se puso a conversar con él. Hasta que en un momento, Francisco dijo con mucho amor; estoy aquí para proclamar la palabra del verdadero Dios, si vos y tu pueblo, estás dispuesto a escuchar y practicarla, me quedaré aquí y les mostraré; y, para zanjar de una vez por todas la discusión, le propuso algo extraordinario al gobernante musulmán: «Prende una gran piara aquí en el centro, le dijo, y yo ingresaré en ella, y junto a mi, ordena que entre uno de  los más fieles sacerdotes de Mahoma, que yo entraré por Cristo, y de esa forma probaremos quien sigue al verdadero Dios. 

El Sultán se sorprendió y empezó a admirar aún más a Francisco, pero declinó la propuesta; no puedo obligar a los imanes a hacer eso, porque se quemarían en el acto, dijo, y el pueblo reaccionaría y tendríamos serios problemas. Mas bien respóndeme algo,  «¿Por qué los cristianos predican el amor pero al mismo tiempo hacen la guerra?”. Francisco con un dolor profundo responde: “Porque el amor no es amado”.

Francisco vio que era muy difícil la predicación en el pueblo sarraceno, pero también lo era en las tropas cristianas. Se puso triste y ante unas cartas urgentes de Italia sobre su orden, decidió volver. El Sultán le dio un salvoconducto, para que pueda llegar sin daño al otro lado.

Cuando Francisco llegó a Asís, encontró a sus frailes instalados en un hermoso convento…. muy diferente al espíritu inicial de la orden de hermanos menores…

El mensaje profundo de San Francisco de Asís luego de su viaje a tierra musulmana, podría resumirse en esta frase suya: “La misión es escuchar y comunicarse; es vivir con los otros; es abrir los ojos a la realidad del prójimo; es creer que el reino de Dios está ya en medio de nosotros, en profundidad, en toda persona, aunque esta no sea cristiana; es estar abiertos y disponibles para la justicia y para la paz; es dar y recibir al mismo tiempo”.

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